Hace unos días estuve fascinado al observar el comportamiento de una pareja de periquitos a los que he tomado afecto. Acababa de intervenir en su vida al colgar un segundo comedero en los barrotes de su jaula… Una prueba de atención, de amor también, para añadir algo de confort en su pequeño universo.

Mala idea… ¿Qué acababa de hacer ? Los dos pájaros se quedaron inmóviles en su soporte, con el cuello tenso y la mirada fija en aquel nuevo elemento del “decorado” que acababa de imponerles… sin siquiera haberles pedido su opinión.

Era por la mañana… se quedaron así durante horas, incapaces de hacer el más mínimo movimiento para picotear el grano, ni en el primer comedero ni en el segundo.

Cuando llegó la noche, me decidí a retirar el objeto declarado intruso, diciéndome que sin duda no lo había colocado de manera correcta para ellos. No sirvió de nada… Mis dos periquitos apenas comieron ese día, contentándose con picar algo de alimento de una espiga de mijo colgada cerca de su soporte-refugio.

Lo que me dejaba más estupefacto era la extraordinaria mirada de recelo que no dejaban de poner en el elemento que se había propuesto a su pequeño mundo. Ni el más mínimo salto de un soporte a otro, ni siquiera uno de esos trinos felices que hasta entonces solían emitir a menudo. Su hermosa jaula blanca se había convertido en un lugar de petrificación y de silencio.

Su día a día había sido sacudido, se había colado la inquietud y ahora estaban deprimidos, puede que incluso angustiados. Sin duda yo era el responsable de una verdadera revolución en su relación con el mundo.

¿Era peligroso el nuevo comedor? ¿Iba a explotarles en el pico? ¿Implicaba que en adelante iban a poder picotear en los dos a la vez, es decir, sin la presencia el uno del otro? Eran tantas las interrogaciones (sin duda había otras, impenetrables para nosotros) las que de repente venían a perturbarles, a desestabilizar su lógica y sus costumbres.

Jaula-doradaPuede que lo hayáis pensado… esa pareja de pájaros me hizo pensar de inmediato a nosotros, los seres humanos. La comparación me pareció evidente, aunque, a priori, nos sintamos más libres y autónomos que dos periquitos en su jaula.

En efecto, he visto a menudo que cada vez más personas tienen dificultades para introducir elementos innovadores en su vida. Su mundo, generalmente pequeño y bien delimitado, ha inventado su propio equilibrio; funciona en circuito cerrado y ante todo no hay que atreverse a intervenir en él ya que se acomoda bien a sus incoherencias a sus miedos.

Por supuesto, no me refiero a intervenciones materiales, ya que las innovaciones tecnológicas forman parte del moldeado inherente a nuestra especie y a nuestro tiempo. Me refiero a intervenciones relativas a la mirada que se pone sobre el mundo, sobre las actitudes mentales y emocionales, sobre los comportamientos, y sobre todo sobre los grandes conceptos a partir de los que todos nos formamos una idea de la vida. En resumen, me refiero a todo lo que tiene como función hacer de nosotros seres en evolución y no una especie vegetativa destinada a consumir.

Si hablo aquí de esta manera de « existir », más bien que de vivir, de muchos de entre nosotros, sirviéndome del ejemplo de los dos pequeños periquitos cuyo comportamiento observé, es porque sin duda hay que trabajar más que nunca en hacerla retroceder en nuestro mundo.

Su inmovilismo conduce a la asfixia.

La mayoría de los científicos de vanguardia, de los sociólogos, de los economistas, de los historiadores, de los pensadores y de las personas espirituales, saben bien que estamos en las premisas de una inmensa mutación de orden planetario. Esto quiere decir que debemos esperar que importantes componentes de nuestro “decorado” sean llevados a cambiar y a reorganizarse completamente. En consecuencia, implica que es urgente que las mentalidades humanas cambien de manera radical y se abran a nuevas posibilidades todavía no conocidas. Esto significa que se invita a nuestro nivel de conciencia colectivo a subir un poco más alto en la escala de la Evolución… Si no, nuestro nuevo “nacimiento” (que es inevitable, porque está regido por ciclos naturales) será más doloroso de lo que deba serlo. Hablo de parto ya que, en efecto, esa es la palabra que mejor corresponde a los años que vivimos en la actualidad.

Es necesario que nos desplacemos en nuestro corazón, en nuestra cabeza y por nuestras implicaciones en los miles de aspectos del día a día, si queremos evitar el uso de fórceps.

Es el motivo por el que escribo y doy testimonio, por el que vosotros leéis textos como este, por el que hay que tener el valor individual y colectivo de comenzar a revisar más nuestros viejos esquemas de razonamiento y de funcionamiento.

Estemos o no de acuerdo, la Tierra se está moviendo, nuestras antiguas estructuras mentales se agrietan y sentimos que “algo” nos reclama que nos replanteemTu libertados urgentemente la organización de nuestro hogar. Por supuesto, para nosotros no es una simple historia de más o menos “granos”, aunque el alimento escasee de manera trágica en nuestro mundo, se trata de crear espacios interiores, ampliar horizontes, o, mejor aún, de empujar puertas.

Un día conocí un hermoso pájaro al que dejaba siempre la puerta de la jaula totalmente abierta, y que entraba y salía a su antojo. Sin duda era infinitamente más feliz que mis dos pequeños periquitos que pierden la cabeza en cuanto se entreabre la puerta del perímetro “de seguridad”… Había dejado atrás sus miedos.

Y a vosotros, ¿no os tienta un buen aleteo?

Crónica de Daniel Meurois 2012