Aceites Esenciales

LA MAGIA DE LOS ACEITES

El faraón y los aceites

 

aceites_esenciales_2“Dejadme ahora hablaros de los beneficios de cierto matrimonio… un matrimonio cuya importancia es ignorada o desatendida con demasiada frecuencia. El del Sol y de la Tierra. Es de esta unión de la que surge en efecto el gran principio del aceite. ¿Por qué hablaros de él? Porque es precisamente el punto de encuentro ideal entre lo sutil y lo denso, y traduce ambos con la misma fluidez. Sí, conoce sus lenguas respectivas con igual precisión. A la vez vertical y horizontal, es la cobra que se desliza por todas partes. ¡Eleva al mismo tiempo que se eleva! Por eso os pido ver ahí uno de los receptáculos privilegiados de lo Sagrado”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el faraón Akhenatón hace alrededor de tres mil quinientos años. Si hoy las reproduzco es porque sin duda se inscriben en el redescubrimiento de algunas verdades fundamentales. Aunque Akhenatón no fue un terapeuta en el sentido original del término, alimentaba una visión del orden universal tan “unitaria” que se había vuelto un referente para todos los sacerdotes-médicos de su época. Aplicada a los aceites, es indudable que su concepción de lo sagrado tuvo una gran influencia en las prácticas terapéuticas de ese momento.

“Dejad que os cuente los beneficios de cierto maridaje (…) El del Sol y la Tierra. De esa unión nace el gran principio del aceite. ¿Por qué hablar de él? Porque es precisamente el punto de encuentro ideal entre lo sutil y lo denso (…) A la vez vertical y horizontal, es la cobra que se desliza por todas partes (…) por eso os pido ver en él uno de los receptáculos privilegiados del Sagrado.”

En su ruptura con el decadente clero de Amón, el faraón rompía de ese modo con una cultura que había desacralizado progresivamente el manejo de ciertas substancias como los aceites o las resinas olorosas. Si los sacerdotes de Amón continuaban utilizando aceites durante sus rituales religiosos, desde luego haaceites_esencialesbían perdido todo el sentido de los mismos. Podríamos decir hoy que untaban con aceite las estatuas de las divinidades pero que sus gestos no eran en absoluto unciones. Reproducían una mecánica vacía de significado.

El único y verdadero interés que se tenía entorno a la utilización de los aceites giraba en torno a la práctica de masajes y de un disfrute exclusivamente físico.

En realidad, la comprensión de Akhenatón era la de un místico que experimentaba constantemente estados superiores de conciencia. No se limitaba a construir un sistema filosófico intelectualmente satisfactorio por el placer de sus propios descubrimientos. Según él, los aceites representaban el elemento por el cual lo sutil y lo sagrado podían introducirse de modo más fácil hasta el corazón de lo denso.

Veía dos razones para ello: la primera era el carácter receptivo, hoy añadiríamos programable, de un aceite, la segunda, su gran capacidad de penetración en el cuerpo.

Mediante la utilización inteligente y con amor de un aceite, estimaba que se podía facilitar o amplificar el descenso del Principio divino solar hasta el seno de la materia. Afirmaba que era además el motivo principal por el que los Antiguos ungían con aceite las representaciones divinas.

Con este gesto, tenían conciencia de invitar a los Principios invisibles a habitar progresivamente las estatuas, modificando así su tasa vibratoria, transformándolas en “pilares energéticos” a lo largo de los siglos. En este sentido, el sacerdote, igual que el terapeuta al nivel de lo que su rol le demandaba vehicular, se convertía en un pontífice en el sentido original del término, es decir, en un constructor de puentes.

Es evidente que un aceite solo es un útil de trabajo y no se trata de otorgarle una fuerza que no es la suya. Siempre será una onda de curación la que pase por el corazón y las manos de un terapeuta.

Sin embargo, si nos parece importante evocar aquí el lugar que en otros tiempos le otorgaban a ese matrimonio entre lo sutil y lo denso, es porque su ayuda puede resultar preciosa. En efecto, el aceite es una ayuda con la que es útil y a menudo agradable poder contar.

Extraido del libro “Así Curaban Ellos” de Daniel Meurois Ediciones Isthar Luna-Sol