Nos preguntamos a veces por qué ciertas sociedades, aparentemente prósperas, se desmoronan de repente y después mueren a fuego lento. Nos preguntamos también qué es lo hace que otros, durante este tiempo, comienzan a florecer y suscitan, en su impulso, bellas ganas de vivir.

No soy sociólogo ni historiador, sino que me gusta observar lo que pasa. Esto me parece importante y es una especie de reflejo. En cualquier lugar que este, no puedo abstenerme de mirar los colores del alma humana y sus repercusiones en la vida.

La historia que estoy a punto de contaros nos lleva en uno de estos países que se dicen ¨emergentes¨, durante un viaje que hice allí. Se sitúa concretamente en una gran ciudad en expansión, trepidante, joven y bañada por el sol.

Una ciudad de contrastes también, evidentemente, con su parte de pobreza y su manto de contaminación. En los cruces de sus calles, existe, igual que en cualquier otra parte en el mundo, la misma locura de vehículos con sus ruidosos tubos de escape. Justamente allí, en uno de sus cruces, la vida me hizo un bello guiño…


Uno de estos jóvenes a los cuales generalmente se da el nombre de ¨vagabundo¨ se apresuraba, con más o menos éxito, de un parabrisas de automóvil a otro, con la esperanza de recoger algunas monedas.

Como el semáforo tardaba en ponerse en verde, lo miré actuar hasta que por fin alguien bajo el cristal y depositó un poco de dinero en su mano… Hasta aquí, todo es muy común. Sin embargo, si hoy quiero relataros esta anécdota, es porque es en ese preciso momento recibí mi “toque” del día…

Sin esperar, el “vagabundo” llevó la moneda a sus labios y después se santiguó la frente y el pecho con un respeto infinito antes de volver el bordillo.

En primer lugar, creí no haber visto bien ya que fue tan grande su gesto de fe, espontáneo y entusiasta, que parecía surgir de otro siglo… “Pero es normal, me explicaron en seguida. Aquí, todavía creemos en algo y consideramos que es justo agradecer… ¡aunque tan solo sea la Vida!”. Después de esto, los coches arrancaron de nuevo en tropel, el “vagabundo” desapareció entre la muchedumbre y yo, me sentí muy tocado por lo que había presenciado. Su significado profundo era tan evidente para mis ojos…

Poco importaba cual era su pertenencia religiosa o la coloración cultural de la reacción del chico en cuestión Además, habría podido expresar su gratitud hacia la vida mediante otro signo que correspondiese a la tradición budista, musulmana, hinduista u otra, esto no era el tema y me daba igual. Aunque aprendí a desprenderme de ritos y dogmas, cualesquiera que sean, respeto simplemente y ante todo la Esencia que los inspiró.

No, lo que era bello y significativo a mis ojos era ver hacer algo a alguien en lo que creyera, sin temer afirmarlo, hasta en un contexto donde había escogido marginarse.

“¡Ahí está el secreto!” Me dije entonces dentro de mi coche, saliendo de la ciudad … Sí, el secreto de una sociedad que no va a morir, sino que por contrario, se lanza a un futuro más bello, reside seguro en la confianza que es capaz de colocarla en un ideal y exteriorizarlo…

Da igual que en lo que se crea sea en un palo, en una piedra, en el mismo animal, o en la fuerza evocadora de algunas palabras, ¡me parece que realmente esto importa poco! Lo importante es mantener un horizonte delante de sí y en el fondo de tu corazón. Es esto lo que hace que un ser humano conserve su dignidad y sea capaz de influir sobre su sociedad dotándolo de una columna vertebral.

A mi entender, no sé si es posible concebir, bajo nuestras latitudes que se dicen modernas y evolucionadas, una actitud de vida tal como de la que fui testigo. Sin embargo, lo que creo que sé o por lo menos que presiento, es que bajo la inmensa mayoría de nuestros cielos occidentales estamos seriamente  a falta de una verdadera fe en algo, aunque sólo fuese en nosotros mismos.

Por cierto, la confianza y la capacidad de admiración ni se imponen, ni se decretan, soy consciente de eso. Sin embargo, sigo convencido que se pueden cultivar y mantenerlas antes de olvidar totalmente que un día han existido en nosotros. Es posiblemente esto lo que se vuelve urgente realizar…

Daniel Meurois