Con frecuencia doy una vuelta al mundo en mi cabeza y observo…

El Islam sorprende y da miedo al exaltarse con solo nombrar al Profeta, el Budismo suscita admiración y respeto por su evidente sabiduría, el Hinduismo fascina por su misticismo y la devoción de sus fieles, y por último el Judaísmo cuestiona por la tenacidad de sus viejas raíces… En cuanto al Cristianismo, sea cual sea su tendencia, no sabemos muy bien en qué punto se encuentra cuando se observa objetivamente el estado de nuestro Occidente.

Experimentad… Intentad hablar de Cristo espontáneamente a vuestro alrededor… ¿Cuántas miradas sarcásticas os dirigirán? ¡Es mejor no contarlas! Salvo la excepción, por supuesto, la excepción que confirma la regla.

Haced también la experiencia de hablar de la existencia del alma a vuestros compañeros de trabajo u otros. Ya tendréis para ello que tener coraje… Es probable que os miren por el rabillo preguntándose cuál es la secta a la que podéis pertenecer.

Haced ahora la misma pregunta a un Musulmán, a un Budista, a un Hinduista o incluso a un Judío. Aquí también tendréis derecho a una sonrisa… pero no será la misma. Aunque unos y otros puedan tener una comprensión diferente sobre la cuestión, os encontrarán más o menos “anormales” por dudar, negar o por no preocuparos de “aquello que vive” dentro de vosotros.

El foso es importante. Este es el punto donde nos encontramos hoy. Salvo excepción, repito.

En Occidente, el “inocentón”, como dicen por aquí, es aquel que todavía cree en el “Jesusito” encontrando cierto interés en la huella que dejó.

En general, al hecho de no creer en un Principio superior se le llama “progreso”. No dar por sentado que pueda haber algo sagrado es, al parecer, una señal de madurez, de independencia, de libertad. Se dice que ser adulto, es ser “realista”. Los medios de comunicación nos lo repiten incansablemente no sea que lo olvidemos.

Sin embargo, miremos las cosas más de cerca y seamos justamente… ¡realistas!

¿Es tan coherente y sólida esta sociedad occidental de la que estamos aparentemente tan orgullosos de pertenecer?

El consumo de antidepresivos, de neurolépticos y de somníferos se incrementa vertiginosamente mientras que los psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras no dan abasto… Prueba de que la madurez de nuestro Occidente nos conduce a un hermoso equilibrio.

Entonces, ¿será que carecemos cruelmente de fervor? ¿justamente ese que constatamos en otras culturas? No, este fervor está. La cuestión es que se ha desplazado. ¿Qué es lo que motiva y transporta a las masas en nuestra sociedad?

Los partidos de futbol, de hockey, los cantantes de rock y las estrellas de Hollywood.

Toda la fe de Occidente se ha girado hacia ello hasta tal punto que el mismo vocabulario religioso ha sido reconvertido para unirse a estos.

Es cuestión de “ídolos” de la canción, del cine o del deporte. Se busca leer sus “confesiones” en las revistas del corazón, se les glorifica, se los sublima, se les convierte en iconos… ¡Existen incluso los “dioses del estadio”, se habla de las “películas-culto” y del “templo del renombre”!

Esto sin hablar de ese universo virtual que nos hipnotiza y que, a lo largo del día, nos invita a unir las dos manos delante de un “teléfono inteligente”… ¡Oh, el dios de la informática! No se le podía olvidar, a este, porque es nuestro pan cotidiano.

A priori, todo esto debería hacernos felices…

Pues no… ¿Por qué? Porque una falsa plenitud no puede llenar un verdadero vacío. Porque no se puede contar sobre una ilusión para darle un sentido digno de ese nombre a nuestra vida. Para poder mantenerse derecho, el ser humano necesita obligatoriamente de unos valores profundos y de una esperanza. No de fuegos artificiales ni de humo.

No creáis que denigro lo que nos reúne alegremente en las salas de espectáculo, en los estadios o delante de las pantallas. El placer y la alegría forman parte de esos motores de base que nos mantienen en buena salud. Las artes y los deportes cumplen un papel y ocupan un lugar que sería estúpido negar.

Lo que quiero decir es que nos inventamos una enorme pompa de jabón si se busca hacerles ocupar un lugar y cumplir una función que no es la suya. Divinizándolos, otorgándoles todo, nos equivocamos de ruta, nos secamos desde el interior mientras tenemos la impresión de “pasarlo en grande”.

De hecho, sin darnos cuenta, los occidentales confesamos tener siempre la misma necesidad imperiosa de estar ante “algo” más grande, ante una presencia por venerar que nos dilate el corazón, un fervor por expresar y, a partir de eso, a veces… una comunidad con la que poderse identificar.

Todas las religiones tienen, por desgracia, sus fanáticos, lo constatamos cada día; las vedets del deporte y del show-business tienen, ellas, sus “fans”. En la base, el principio es el mismo, aunque evidentemente es menos trágico ser “fan” que fanático en los tiempos que corren.

El drama es este… Digo drama porque, manifiestamente, nuestro Occidente mimado y “liberado” no es feliz con la nueva religión a la que se ha convertido sin ni siquiera darse cuenta. No es feliz porque el objeto global de su fe se resume demasiado a menudo a una fachada hecha de músculos, de colágeno, de proyectores y de sabios montajes técnicos y mediáticos.

El alma que negamos en nosotros tiene necesidad de otra cosa que de virtualidad, aunque esta sea talentosa. Reclama un verdadero Horizonte, una Certeza que no envejezca con las modas, una fuente de Esperanza que le proponga un columna vertebral.

No se necesita un dogma para eso. No se necesita un credo por recitar ciegamente ni sacerdotes a los que delegar el poder sobre uno. Ya hemos dado, a menudo como sonámbulos. Lo Sagrado de la Vida, la realidad del alma y de su sol interior, el espíritu, no son propiedad de ninguna religión.

Esforzarse por volver a encontrar y reconocer el lugar de ese Sagrado en nosotros es la única puerta de salida que se nos ofrece si no queremos zozobrar, en menos de una generación, del lado de los robots y de los insectos… para acabar convirtiéndonos en esclavos descerebrados de un orden mundial muy poco luminoso.

El día que, en nuestra cultura, un hombre que hable libremente de paz y de amor pueda atraer en un estadio a una masa tan numerosa como un Mundial o una estrella de rock… podremos decir que nuestro mundo habrá dado un giro magnífico. Quiero creer en ello. Un verdadero fervor, bien situado, hace vivir y no solo existir.

Sin querer faltar al respeto… si yo fuera Maitreya, el Buda-Cristo por venir, en mi próxima aparición en la Tierra, pensaría tal vez en hacerme jugador de futbol, de hockey o vedet de Hollywood. Facilitaría mucho las cosas…

Una crónica de Daniel Meurois