arboles turquesasViajar en el tiempo es desde luego uno de los más antiguos sueños alimentados por nuestra humanidad. Desde relatos imaginarios hasta especulaciones científicas, locas o vanguardistas, siempre nos ha fascinado la exploración del espacio-tiempo.

Sorprendentemente, nuestra época, que reivindica un potente racionalismo, tampoco desvía su mirada de tal búsqueda. En efecto, al margen de la literatura, las investigaciones más desarrolladas de la física cuántica parecen permitir un enfoque de la dimensión temporal tan revolucionario que las antiguas esperanzas son reavivadas más que nunca.

Si yo mismo me he interesado por la cuestión desde hace ya más de un cuarto de siglo, no es desde luego con el enfoque y los conocimientos de un científico. Mi camino ha sido simplemente el de un experimentador… y debo decir que inicialmente involuntario. Y es precisamente como experimentador, como me expreso en estas líneas ya que, aunque los cálculos matemáticos sean herméticos para mí, puedo dar testimonio de un fenómeno como mínimo inquietante en el seno de mi propia vida.

Sin entrar en detalles de mi recorrido personal a lo largo de estos veinticinco últimos años, digamos que he descubierto poco a poco un método de investigación de lo que tradicionalmente llamamos el pasado. Lejos de las “máquinas de viajar en el tiempo”, mi instrumento de trabajo se basa únicamente en una modificación radical de mi estado de conciencia. Para ser más explícito, así es, en pocas palabras, cómo el fenómeno se me presenta, o más bien cómo trato la exploración del tiempo.

Para no perderse, conviene en primer lugar partir del postulado según el cual el ser humano está dotado de un alma, la cual tiene la capacidad natural de extraerse de su cuerpo físico y de vivir una vida autónoma en otro espacio vibratorio.

Por lo que a mí respecta, es el conocimiento y la práctica controlada de esta extracción de mi conciencia fuera de su vestimenta de carne la que constituye la puerta de acceso privilegiada a posibles inmersiones en el espacio tiempo.

De hecho, sólo cuando el cuerpo energético de mi alma se ha desprendido voluntariamente de su envoltura física es cuando me encuentro en un estado de conciencia propicio para proyectar un viaje al seno de lo que los orientales llaman los Anales Akáshicos. Puedo hablar de este como de un estado próximo a la vacuidad total, excepto el hecho de que “algo” en mí -que no es la voluntad, sino una llamada confiada- se conecta a un período preciso de nuestra historia, o incluso, a un ser en particular.

En este espacio que creeríamos vacío, pero que en realidad está increíblemente lleno, experimento la sensación de que mi conciencia busca sintonizarse con cierta longitud de onda, exactamente como intentamos captar una radio frecuencia o un canal de la televisión con un cursor. Cuando se establece la conexión, el velo del Tiempo se desagarra súbitamente y mi alma se funde en el pasado… siempre que ella acepte un soltar integral, sea cual sea la naturaleza tiempode la realidad que se presente ante ella.

Se trata de una inmersión total ya que hay que entender que a lo largo de esta experiencia de expansión de la conciencia no se trata de ser simplemente el espectador de algunas imágenes borrosas arrancadas del pasado… Mi alma se encuentra en el seno de una acción que se desarrolla hace siglos o incluso milenios. No está frente a una película que se proyecta en una pantalla exterior a ella. Está integrada en esta película como si viviera en su época, con todos los sentidos que presupone esta vida: la vista, evidentemente, pero también el oído, el tacto, el gusto y el olfato. Evidentemente, es imposible intervenir en el desarrollo de la acción que nos absorbe… Por tanto, el que vive un fenómeno parecido se ve totalmente capturado por las escenas descubiertas y a menudo sacudido por su impacto.

Debo decir que me hicieron falta cierto número de experiencias de esta naturaleza para que comprendiera sin dudar que las películas en las que penetraba habían sido grabadas a través de la mirada, y por tanto por la conciencia, de un hombre o de una mujer que habían vivido en la época investigada… eventualmente mi propia conciencia en otra existencia…

Hoy día sé que cada vez que soy llamado a hacer una “lectura” del pasado me sumerjo en la película de la memoria de un ser concreto y que, en términos actuales, tengo acceso de esta forma a la base de datos fundamental a través de una frecuencia vibratoria.

Tras cientos y cientos de experiencias de este tipo, creo poder afirmar que la conciencia de todos los seres vivos individualizados juega el papel constante de una especie de videocámara integral cuya particularidad es la de conservar la memoria absoluta, y en consecuencia temible, de todo lo que se vive y se experimenta. Estoy igualmente persuadido de que esta memoria va a alimentar lo que me atrevo a llamar un inconmensurable “disco duro” colectivo y, para decirlo todo… divino. Es precisamente ese “disco duro”, una Memoria colosal, a lo que los orientales llaman Akasha, verdadera Luz viva que, según sus más antiguas tradiciones, sería el elemento constitutivo principal de nuestro universo.

En realidad, la memoria que es la naturaleza profunda de este elemento que da nacimiento a lo que llamamos comúnmente el Libro del Tiempo, está constituida por tantos libros como seres vivientes y pensantes ha habido a lo largo de los siglos, habiendo cada uno memorizado y grabado la película de su propia existencia en la placa sensible que es el Akasha.

De todas formas, cuando comenzamos a querer profundizar en las investigaciones en esta dirección y cuando vivimos la experiencia de forma extremadamente reiterada, no podemos limitarnos a estas pocas consideraciones. En efecto, también son todas las nociones de nuestra relación con el Tiempo las que se ven irremediablemente sacudidas.

Personalmente, diría que cuanto más penetro en la dimensión akáshica, más tengo la convicción profunda de que como especie que ha llegado a una fase decisiva de su evolución, pronto no podremos continuar concibiendo el Tiempo de forma lineal, es decir, descompuesto en pasado, presente y futuro.

Teniendo mi acercamiento al tema ante todo una orientación mística, sólo puedo hablar de experiencias interiores intensas y no cuantificables, lo que no es tenido en cuenta por nuestra sociedad. Sin embargo, estaría muy sorprendido de que la gran convicción que me habita desde hace muchos años y que corresponde para mí a una realidad tangible no terminara por ser el objeto de una argumentación científica sólida y, ¿por qué no?, de una experimentación del mismo tipo.

Me refiero con ello sobre todo a la convicción de la simultaneidad de todo lo que se desarrolla a través del universo. En otras palabras, ya no puedo pensar en el tiempo que transcel-tiempourre como en una ilusión generada por la estrechez de nuestra conciencia. A mi entender, el Tiempo sería una especie de sueño individual y colectivo puesto en escena por una gran conciencia -que podríamos llamar Dios- con el fin de jugar el papel de instrumento al servicio de nuestro Despertar.

Cuando me dejo ganar por el estado de conciencia que conduce a la inmersión en la Memoria del Tiempo, me parece evidente que todo ya está realizado y es perfecto en el Presente Eterno que llamamos Eternidad y del que sólo podemos tener una idea caricaturesca. Creo igualmente que la multitud de vidas que son nuestras y en las que participamos reúne por tanto una vertiginosa búsqueda formadora de la Conciencia global del Universo y que esta búsqueda es el instrumento de expansión de esta Conciencia.

Con todo y con eso, en la actualidad, como tenemos que expresarnos en el corazón mismo de la ilusión, el acceso a los Archivos del Tiempo me parece estar cuidadosamente preservado por lo que llamaría Presencias o Inteligencias infinitamente más cercanas que nosotros a un estado de memoria total. ¿Por qué? Con una finalidad de protección, porque nuestra especie todavía no tiene la madurez necesaria para encontrarse confrontada a un acercamiento a la verdad que la quemaría por su… “excesivo Sol”.

Además, no me parece posible, ni tan siquiera concebible, ir a registrar el pasado sin importar cómo, es decir, por curiosidad o, al menos, sin una serie motivación constructiva.

Por mi parte, creo que la investigación del Sentido del Tiempo se confunde con la de nuestro Origen, y esta, con nuestro Destino.

Cuando hayamos comprendido de un modo distinto al intelectual, sabremos que sólo podemos abordar el océano de los Anales Akáshicos con un infinito respeto y con todo el amor que presupone el acercamiento a lo Sagrado.

Si al fin y al cabo hay una revolución definitiva a la que debemos aspirar, es la que nos llevará a penetrar en el secreto del espacio-tiempo, ya que en él descubriremos la infinita percepción de la Unidad de todo lo que es… la base de una verdadera Paz y de la Plenitud.

Daniel Meurois
Fuente: Ediciones Isthar Luna Sol