De ahora en adelante todos lo sabéis, la palabra Apocalipsis –que hace referencia al Fin de los Tiempos– significa exactamente “Revelación”. Cuando la evocamos y conocemos el sentido, pensamos evidentemente en algo global. Imaginamos de entrada grandes acontecimientos planetarios, o incluso cósmicos, en el seno de los cuales el individuo no es señalado con el dedo en cuanto tal, sino en los que son replanteadas sus monstruosas creaciones colectivas. El culpable, en ese contexto, es siempre el egoísmo de los otros, y también el de los Gobiernos que no hemos elegido, claro está.

Pensamos en los sistemas sociales desequilibrados y frecuentemente inicuos que son los nuestros, pensamos en los desastres de una cierta Ciencia, en los cambios climáticos radicales, en las sacudidas terrestres que escapan a nuestro control y, en suma, en todo lo que puede ser razón de nuestra aparente estabilidad y que según se dice, igualará todo y a todos. Por poco que se seamos creyentes, nos consolamos afirmando que sólo Dios conoce la hora y, después, continuamos despertándonos de la misma manera cada mañana.

Sí, sin duda hay esa Apocalipsis tal como las ha habido semejantes en el pasado de nuestro planeta. Construcción, destrucción… todo funciona por ciclos.

Sin embargo, lo que atrae más bien mi atención aquí, no es la amplitud de los enormes y dramáticos acontecimientos de naturaleza ecológica, o de cualquier otra, que bien podrían caernos encima un día u otro.

Hablando francamente, desde hace algún tiempo me interesan más nuestras pequeñas apocalipsis en la vida cotidiana. Quiero hablar de las miles de imposturas que tejen cada vez más abiertamente la trama de nuestra sociedad humana de hoy, y que siembran la desesperación y el sufrimiento a fuerza de alimentar no solamente el sentimiento de injusticia sino la iniquidad flagrante.

Creo que hace todavía pocos decenios nos escondíamos un mínimo para hacer trampa, para mentir, para robar o para agredir a alguien. Visiblemente, desde hace algún tiempo, cada vez hay menos necesidad de esa discreción. El más “astuto”, en el primer sentido del término,  ya no tiene vergüenza en confirmarse como que es el más astuto. Su acto de fe es el de desafiar al prójimo y a lo que resta de justicia social, o simplemente de justicia humana. Puede ser que incluso esté orgulloso, o al menos, que no tenga vergüenza. Lo más sorprendente es que, cuando se le coge, se le declara con demasiada fácilidad enfermo o incluso víctima de la sociedad.  Ok… Cada uno tiene sus propios sufrimientos y sus razones para ser como es.

Lo que veo menos bien es que la superchería, el robo, la usurpación y, sobre todo, la mentira hayan desbordado el mundo llamado profano para hacer igualmente su nido en el corazón mismo del de la espiritualidad.

El advenimiento de una “Nueva Era” a finales de los años setenta o al inicio de los años ochenta nos había hecho esperar la emergencia de una espiritualidad diferente, libre de religiones y de sus evidentes manipulaciones. Eran entonces numerosos los que iban a la búsqueda de un ideal de autenticidad para “cambiar de conciencia” y acceder a un nivel más alto de realización interior. He trabajado en ese sentido tanto como he podido con la tenacidad de un corredor de fondo, porque hacer cambiar las mentalidades y los viejos reflejos para ayudar a la emergencia de un poco más de verdad y de amor es efectivamente un trabajo de fondo.

No he cambiado de intención al respecto… pero he cambiado de mirada a lo largo de de estos últimos años a fuerza, he de decir, de constatar cuánto la “vieja era” a terminado por capturar a la nueva para contaminarla en sus formas de actuar.

Hace treinta y cinco años que navego permanentemente en los llamados medios de la Nueva Conciencia y ello ha terminado por procurarme, creo, una cierta agudeza en la mirada.

Observando, conociendo, escuchando, leyendo, estoy en efecto estupefacto –la palabra no es demasiado fuerte– por el supermercado que se ha creado sobre la situación en cuestión. La palabra jungla me viene igualmente a la mente. Los vendedores, en el sentido primario del término, los falsificadores y los mentirosos se han instalado en cada esquina.

Sus libros desnaturalizan y desvitalizan los temas abordados, sus apariciones públicas rozan a veces el ridículo, y en cuanto a sus “canalizaciones”, son inconsistentes. Los egos –a veces galácticos– se hinchan, explotan y, mientras tanto, las conciencias ronronean hasta que finalmente se duermen. El problema es que en medio de todo ello son numerosos los que a pesar de todo tienen la impresión de despertarse.

No censuro aquí a los que se dejan caer en la trampa, en tal tiovivo, ya que no todos tienen los medios de ver claro ni de usar su discernimiento. Aquellos a los que quiero señalar con el dedo es a los tramposos, a aquellos que se suben en un escenario blandiendo un tema o un argumento impactante para su propia vanagloria y por la sensación de poder que ello les puede procurar. Hay bastantes “grandes” nombres entre ellos…

Por ejemplo, porque es bastante significativo y tristemente divertido, recuerdo haber visto, mientras estaba a poca distancia de él, a uno de esos “grandes” nombres abrir un ojo en plena “canalización” para echar una rápida mirada a su reloj y calcular así el tiempo del que disponía antes de la pausa reglamentaria. Hay que precisar que el canal en cuestión estaba, por así decirlo, incorporado y por tanto totalmente al servicio de la “Luz”. No fui el único en darme cuenta de esa extravagancia en plena “incorporación”… perfectamente vacía de sentido, por otro lado.

Sin embargo, constaté necesariamente que nadie quiso concluir nada ni profundizar en la cuestión, ya que hubiera sido demasiado molesto. Un gran “canal” habría sido puesto en entredicho y eso hubiera sido demasiado incómodo para muchos, para el editor en primer lugar…

¿Quién quiere realmente saber? ¿Quién quiere realmente comprender y crecer con algo que signifique algo? He aquí las preguntas que me he planteado este día y que están de actualidad más que nunca hoy día. Con toda evidencia existe una cierta forma de engaño que hace que el asunto incumba a muchos ya que mantiene a sus cómplices en un letargo agradable y que exime de responsabilidad.

¿Cómo descubrir el engaño? –se me objetará. La mayor parte de las veces por el simple sentido común. Desgraciadamente, esta virtud se ha vuelto poco frecuente. Ver claro no es siempre fácil, lo reconozco. Teniendo tendencia a confiar de entrada, yo mismo he sido con frecuencia un gran inocente.

Afortunadamente, los años y el kilometraje ayudan… no dudo ahora en afirmar lo siguiente:

Sí, se han formado en el seno mismo de esa era que llamamos nueva, Iglesias y Capillas con sus sacerdotes y sacerdotisas que simulan la iniciación y que falsifican o empobrecen la información con una ignorancia y una audacia asombrosas.

Soy muy consciente de que escribiendo todo esto voy a atraer cuanto menos algunas iras y ataques en toda regla. Cuento con ello. Que los que se disponen a reaccionar en ese sentido se den cuenta sin embargo que el Tiempo termina tarde o temprano por desmantelar todas las mistificaciones… incluso si, por definición, toma su tiempo.

Engañar en las cuestiones temporales es una cosa, engañar en el dominio del Espíritu es otra. La responsabilidad asumida es infinitamente más grande. No se engaña eternamente aquellos que confían y que tienen una sed sincera de un verdadero Conocimiento liberador. En cuanto a la Divinidad, jamás La engañamos, incluso si parece callar y dejar hacer. Habrá necesariamente un apocalipsis de los tramposos.

En esta hora en que nuestro mundo tiene tanta necesidad de verdad y de claridad de alma, alguien tiene que levantarse para advertir de las imposturas. Si hoy soy yo, asumo el riesgo.

No podemos simular indefinidamente el Amor y el Despertar, tenemos demasiada necesidad de una Luz real para que la mentira no tenga consecuencias.