¿Quién hoy día, no ha oído hablar de la enfermedad de Alzheimer?

Todos, o casi todos, tenemos en nuestro entorno familiar a alguien que padece esta enfermedad o conoce a una persona que está afectado por ella.

Todos sabemos hasta qué punto es trágico y doloroso, no solo para el que la padece sino también para su familia y amigos.

Fue reflexionando, la otra noche, sobre esta tragedia individual y colectiva, que me puse de repente a cambiar de altitud… Es decir, que posé una mirada diferente sobre algunos de los síntomas dolorosos que manifiesta actualmente nuestra especie.

Sí, por espacio de unos segundos, fue como si me hubiera sentido invitado a mirar a través de los ojos de uno de esos grandes Seres que, desde su nacimiento al verdadero estado de Humano, nos observan e intentan pacientemente ayudarnos.

Fue una expansión de mi conciencia breve, cierto, pero que desgarró súbitamente una especie de velo en mí.

Entonces nos vi a todos nosotros, nos vi realmente, a nosotros aprendices humanos de la Tierra, aquejados de una forma insospechada de la enfermedad de Alzheimer.

Nos observé, parcial o completamente amnésicos, con pérdida de identidad y de referencias, errantes aquí y allá, interrogándonos sobre nuestro origen y poco aptos a centrarnos con coherencia sobre el menor objetivo digno de ese nombre.

¡Oh, esa percepción no duró más que unos instantes! Sin embargo fue tan potente y tan esclarecedora que no pude dejar de decirme:

Sí, es exactamente eso… es el fondo de nuestra alma la que está afectada por su propia enfermedad del Olvido… La mayoría de nosotros da palos de ciego, a menudo aquejados de una retahíla de trastornos obsesivos y compulsivos, teniendo raramente una meta, generalmente desprovistos de interés y de recuerdos en cuanto a nuestra Fuente y finalmente ignorantes en cuanto a nuestra alma y su verdadera familia.

En resumen, nos he visto con nuestro pasado que parece un enigma, con nuestro futuro sin proyectar y con nuestro presente mermado del que somos incapaces de gozar, aunque solo sea sembrando en él un poco de alegría.

¿Dramático? En cierto modo, sí, por supuesto… si no fuera porque una enfermedad, sea cual sea, tiene la virtud de enseñar, aunque la rechacemos, aunque pretendamos reírnos de ella, aunque nos rebelemos. Tarde o temprano, una enfermedad nos remite a nosotros mismos, frente a nuestros defectos y a nuestros abismos de inconsciencia. La imagen es clásica, cierto, pero por más que la hayamos utilizado, no siempre comprendemos todos sus desarrollos.

¿Y los Guías de nuestra Humanidad, en todo eso, me diréis?¿Nuestros Grandes Hermanos? Nuestros Médicos del alma, sin lugar a dudas… Son Médicos que todavía no “han encontrado todo” ni “comprendido todo” y, por tanto, de los que no podemos esperar todo, pero que se dedican, con compasión, a restituirnos a nosotros mismos, a estimular incansablemente nuestro corazón profundo, ahí donde está inscrito nuestro nombre. Ellos también avanzan y continúan aprendiendo…

Con la instauración de las religiones a lo largo de los Tiempos, estos Médicos del alma nos han propuesto ciertamente algunos remedios, unas especies de píldoras que hemos absorbido y asimilado más o menos, para, a falta de la posibilidad restitución de nuestra memoria, reforzar nuestra columna vertebral y poder fijarnos un objetivo.

Pero una píldora, por más útil y respetable que sea, y sea cual sea también el ser que la concibió, es algo exterior a nosotros. La engullimos según una posología, calma las angustias y los malestares, y alivia los síntomas.

Pero ¿las trata en profundidad? ¡Raramente!

¿Despierta lo Original, lo Intacto, la Célula-madre incontaminable que lo recuerda todo? ¿No muy a menudo tampoco!

Esta Célula primera que se esconde detrás del velo de nuestro “Alzheimer del alma”, nos toca a nosotros ir a “desenterrarla”. Hacerle emerger de la matriz que es nuestra Tierra es una responsabilidad que solo nos pertenece a nosotros.

Es cuando nos damos cuenta de eso, y no antes, cuando empezamos a sanar… a sanar riéndonos de la falsa seriedad de nuestros males respecto a aquello que nos llama…

Por cierto, ese famoso 21 de diciembre de 2012 del que tanto se habló… Parece que ya lo hemos olvidado. ¿Acaso preferimos callarlo porque, contrariamente a ciertas expectativas, no pasó nada visible que pueda hacerse cargo de nosotros y nos aligere de nuestra carga? ¿O lo hemos tirado al fondo de un pozo porque eso nos da la impresión de poder seguir “como antes”?

Y, “como antes”, para nosotros los Occidentales, eso significa por desgracia muchas veces una guerra más aquí y allá, a miles de kilómetros de nuestro televisor, y una hambruna o un terremoto al otro lado del mundo. ¡Lo común, finalmente! Lo común… como si ese “común” reflejara el orden normal de nuestro planeta.

En lo que a mi se refiere, tengo más bien el convencimiento de que nosotros, los Occidentales cuya civilización a hecho tanto para la amnesia del alma, estamos un poco en el “Ojo del ciclón”, olvidamos que, cada día, millones de personas viven en su carne y en su corazón un verdadero 21 de diciembre 2012.

¿El ojo de ese ciclón se reducirá algún día? Podemos pensarlo sin temor a equivocarse. La Inteligencia que anima la Vida y que dispone de todo su tiempo, a menudo opta por las sorpresas. ¡Es más eficaz!

Entonces, aunque solo sea por eso, vosotros que me leéis y que –perdonadme- tenéis el lujo de poderos “ocupar de espiritualidad”, sed de los que hacen todo para volver a encontrar la Memoria.

¿Cómo? No con teorías, sino siendo auténticos, sabiendo implicaros y afirmando, ante los maestros hipnotizadores y los sembradores de semillas de amnesia, aquello que realmente no queréis. Sin descanso.

En cuanto a Aquello a lo que aspiráis… ¡No lo pospongáis!  ¡Construidlo, ahí donde estéis!

Daniel Meurois, Enero 2013