Amar a todo el mundo… ¿Es posible? Os confieso que me hago esta pregunta cada vez con más intensidad. Y sin embargo… En principio, dado mi camino, mi compromiso y las responsabilidades que conlleva, debería responder a la misma, sin reflexionar, un enorme sí. En el seno de un camino crístico, nadie debería plantearse esta pregunta, con mayor razón con la cercanía de las Navidades.
El amor incondicional, sin “sí pero”, sin fronteras… ¿no es lo que se proclama en el llamado entorno espiritual?
Desde luego. Sin embargo, creo que esta afirmación se ha convertido hoy día en una especie de bandera, de estandarte que enarbolamos demasiado rápidamente y sin reflexionar. En efecto, creo que lo automático de esta afirmación, con aspecto de “nueva era”, en el sentido caricaturesco del término, parece un condicionamiento propio de los adeptos del “todo el mundo es bueno”.

Mirando bien nuestro mundo, sin engañarse, vemos fácilmente que no todo el mundo es tan bueno en la Tierra… desde siempre. Ha habido incluso periodos en los que el aspecto de oscuridad de nuestra humanidad se ha desatado especialmente. Los años en los que vivimos son la demostración flagrante de ello.
Así que, ¿hay que entrar en el “combate pendenciero” de los que se preocupan algo por un camino interior aunque tengamos aspiraciones orientadas, según la expresión, a la expansión de nuestra conciencia?
No es en absoluto lo que quiero decir. Es evidente que si queremos ser coherentes con el ideal que nos habita, debemos ir hacia una actitud cada vez con más amor. Eso no es discutible.
Sin embargo, lo que sí lo es, es la forma de manifestar un comportamiento crístico, especialmente en nuestra búsqueda de lo sincero y de lo verdadero. Esta búsqueda requiere discernimiento, vigilancia y valor, ya que nos pide afirmar de manera regular nuestras posiciones y no temer expresar nuestros desacuerdos. En resumen, implica que tenemos que expulsar de nosotros toda hipocresía bajo el pretexto de ofrecer a todo el mundo un amor incondicional.
En mi caso, creo que he visto demasiado de las personas que pretenden demasiado fácilmente “amar sin condiciones” permaneciendo inconscientes de la máscara adicional que esto supone.
Imaginarse que el Cristo apreciaba de entrada a todos los que conocía y que pensaba que todos eran “buenos”, sería un error. No dudaba en desairar a algunas personas, en agitarlas, e incluso en impactarlas si era necesario. Sabemos que los mercaderes del Templo o los fariseos recibieron lo suyo.
No dudemos que hoy día quedan muchos de estos mercaderes y estos fariseos, en todas las capas de la sociedad, incluso en la que se afirma como la mejor intencionada…
No escribo estas palabras para ellos, ya que siempre creen que no les concierne. Más bien escribo para aquellos que los detectan, que les ven actuar pero no tienen el valor de plantarles cara bajo el célebre pretexto del amor incondicional y del desapego, propio de la sabiduría. ¿La sabiduría?
Simplemente quiero decirles que antes de aprender a volar tan alto como deseen, hay un tiempo para aprender a saber anclar los dos pies en la Tierra, un tiempo para cultivar el discernimiento, la lucidez y el coraje, un tiempo para aprender a no aparentar, un tiempo para saber escuchar algo distinto de lo que nos halaga, un tiempo para manifestar la voluntad y la fuerza de reaccionar frente a las injusticias.
Personalmente, no temo confesarlo en público, no soy capaz de amar a todo el mundo de manera incondicional. No tengo vergüenza de ello… y cuando veo desplegarse sin escrúpulos la mentira, la estafa, el expolio o cualquier tipo de violencia o de injusticia, no puedo evitar reaccionar. En ello me siento próximo al Cristo en la persona de Jesús, tal como pisó nuestro suelo hace dos mil años.
Por supuesto, como todos, busco el Amor Universal, con una gran A y una gran U, el que Él me enseñó y que sigue siempre enseñándome. Tras las vivencias con él, creo que solo he entendido que ese Amor no son “dulces de color de rosa”. A veces está hecho de una cólera justa, de denuncias legítimas y de bofetadas saludables. Ese Amor también se cultiva a través de la coherencia del ser y de la apertura de los ojos, nunca se insistirá demasiado.
Así que, si queréis mi opinión, antes de pretender amar a todo el mundo, aprendamos primero a amar lo que es verdadero, sincero y justo. Esto ya será algo extraordinario, y será el paso decisivo que cambiará nuestro mundo.
Esto nos enseñará de manera inmejorable cómo avanzar hacia los secretos de una Amor más vasto sin cesar, e indefinidamente más perfectible. Nos disuadirá de emprender los caminos del odio ya que estos, todos lo sabemos, son fáciles de tomar.
Por mi parte, y esta es la segunda confesión del día, no conozco estos caminos. Y espero que vosotros tampoco…
Dicho esto… ¡FELIZ NAVIDAD!… también a aquellos a los que todavía no conseguimos amar.